El autor plantea el regreso a la realidad argentina después del torneo de fútbol en que nos tomamos un recreo. A partir de ese retorno, observa como un dron los intereses del gobierno nacional contrastados con los padecimientos de la población y para el final deja la pregunta fundamental.
Cómo se extraña el Mundial
Extraño el Mundial. El fútbol, claro. Eso también. Pero no solo los partidos. Se extrañan esos días en los que parecía que el país entero respiraba al mismo ritmo. Los asados improvisados, las reuniones con amigos, con los hijos, con los padres, con los hermanos. La discusión sobre dónde verlo, cómo acomodar el trabajo para llegar al partido, la ansiedad de cada encuentro y la ilusión de que, aun cuando todo parecía perdido, todavía era posible dar vuelta la historia.
Durante un mes vivimos convencidos de que hay algo más grande que nuestras diferencias. Que nos une una camiseta, una esperanza y la sensación de que juntos podemos alcanzar lo imposible.
Pero el Mundial terminó. Y con él terminó también ese breve recreo de la realidad. La vida volvió a golpearnos con la misma crudeza de siempre. Aquellos problemas que habíamos dejado en pausa, siguieron esperándonos exactamente donde los habíamos dejado.
Quizás, en el fondo, todos sabíamos que la realidad no había cambiado; simplemente habíamos elegido correrla del centro de la escena por un rato. Y hoy volvemos a mirarla de frente y aparecen las contradicciones que nunca se habían ido.
Al abrir los ojos volvemos a ver que el gobierno ha puesto por sobre todas las prioridades la reelección del presidente Javier Milei. No cuestiono que un presidente aspire a ser reelegido. Eso forma parte del juego democrático. Lo que no logro comprender es, por qué esa discusión se ha convertido en una prioridad política y todo el gabinete, los lacayos, los arrastrados, los legisladores, los mercenarios de las redes. En definitiva, toda la LLA solamente piensa en eso.
Por qué un Gobierno se interesa en esto, cuando la Argentina enfrenta problemas que reclaman toda la atención de quienes están gobernando. La política suele confundir lo urgente con lo importante. O, peor aún, transforma en urgente aquello que responde a sus propios intereses electorales.
Mientras el Gobierno tiene la mirada y todas sus observaciones puestas en la próxima elección, millones de argentinos miran la heladera vacía. El poder hace cálculos electorales. Los ciudadanos hacen cuentas para llegar a fin de mes. Unos piensan en la reelección, otros miran con angustia el calendario, la heladera vacía y la billetera en iguales condiciones.
La política se maneja con un almanaque marcado por los tiempos electorales. Los tiempos de la sociedad están marcados por los problemas de la urgencia que se palpa entre el desayuno y la cena.
Los esfuerzos, el tiempo y la energia deberian estar puestos en los temas de todos y no en los de algunos pocos. La economía estancada, la recaudación que cae, los comercios que bajan sus persianas, empresas que sobreviven pero están al borde del colapso.
La sensación generalizada es que algunos pocos cercanos al poder hacen grandes negocios, mientras el resto, los muchos, intentan infructuosamente llegar al próximo sueldo sin endeudarse con la tarjeta de crédito, con algún prestamista u otro tipo de salvavidas de plomo. Porque cuando no hay más posibilidades, el último recurso es patear para adelante y después se verá. Y ese es el lugar donde estamos hoy. Los niveles de endeudamiento familiares se han disparado de manera escandalosa. Son los indicadores que se encuentran en el otro extremo de la macro economía los que han encendido todas las alarmas.
Se argumenta que hay que ordenar lo macro para que se encamine lo micro. Que hay que crear las condiciones para que los inversores tomen confianza y decidan apostar por este lado del mundo. Que los indicadores de la macroeconomía son cada día más favorables.
Pero el Riesgo País no va al almacén ni pisa la farmacia. Y si cientos de miles de argentinos han perdido sus empleos. Los jubilados han caído en el desamparo, hay denuncias de corrupción a las que se les dibujan las respuestas, la educación y el sistema científico están cada vez más desfinanciados y a la deriva. Lo verdaderamente importante ha quedado relegado. Toda la energía gubernamental, todos los recursos, todas las expectativas, han sido orientadas a la reelección presidencial. Y de todos estos temas que nos abruman a los ciudadanos ¿quién se encarga?
La pregunta
Seguramente escuchaste hablar de la destrucción creativa. La última de estas modas disfrazadas de osadía, estos experimentos que pretenden que promoviendo un desguace se construye un país, ha ido por la integridad territorial. Y en un mundo donde tres o cuatro megamillonarios excéntricos y berrincheros, con fortunas que superan varios PBI de Argentina y los países limítrofes, que pretenden disponer de territorios, recursos y voluntades a su antojo, se quiere considerar al territorio nacional como un bien de cambio más. Una mercadería que se puede comprar y vender sin limitaciones de cantidad, ubicación, potencial ni origen del comprador. La nueva moda indica que si alguien quiere comprar el territorio nacional, todo o por partes, sea un particular, una empresa o un testaferro de otro país, lo único que deberíamos cuestionarnos es el precio a convenir.
No es necesario explicar que los territorios codiciados son los que poseen ubicaciones y recursos estratégicos, los que desde los orígenes de la nación han demandado ingenio, esfuerzos y vidas para lograr que este país tenga la forma y la historia que tiene.
Es preocupante el avance británico sobre los recursos naturales en Malvinas, las áreas pesqueras sobreexplotadas y la proyección en el Territorio Antártico Argentino. Han puesto a la Patagonia Argentina en una situación de vulnerabilidad. De esto ¿quién se ocupa? No se sabe. El único tema en cartera, el único objetivo importante, es la reelección.
Gobernar exige distinguir qué es importante para los grandes objetivos del país, y qué es urgente para un sector o para alcanzar un objetivo menor. Cuando esa escala de prioridades se invierte, la política empieza a hablar de sí misma en lugar de hablar de los argentinos. Pero, aun si lográramos responder ese "por qué", seguiría faltando la pregunta más importante de todas...
¿Para qué?
¿Para qué quieren la reelección?
¿Para seguir administrando una Argentina donde los jubilados apenas sobreviven?
¿Para continuar desfinanciando la educación, la ciencia y el desarrollo tecnológico justo cuando el mundo apuesta su futuro al conocimiento?
¿Para resignarnos a ser simples exportadores de materias primas, en lugar de transformarlas en trabajo, industria y valor agregado?
¿Para que sigan cerrando empresas y perdiéndose empleos? ¿Para continuar debilitando la producción nacional?
¿Para seguir perdiendo soberanía sobre nuestros recursos estratégicos?
¿Para profundizar un modelo que parece encontrar en el enfrentamiento permanente una forma de hacer política?.
¿Para que las rutas nacionales, sigan destruidas?
¿Para seguir restringiendo medicamentos a enfermos graves?
¿Para hacer negocios con los discapacitados?
¿Para deteriorar relaciones con países con los que compartimos historia, geografía e intereses económicos?
¿Para impulsar pequeñas reformas de escaso impacto, mientras las transformaciones estructurales siguen esperando?
¿Para seguir sumando impresentables y rotos al congreso Nacional?
¿Para imponer leyes, aprobadas por un grupo de obedientes que levantan sus manos y obedecen sin cuestionamientos a Karina y los Menem?
¿Para seguir sumando al gobierno Nacional, lo más rancio de una casta que se vino a combatir?
¿Para que no vuelvan los "kukas", mientras los tienen adentro del gobierno?
¿Para seguir teniendo Adornis que se llenan los bolsillos a costa de la pobreza de los ciudadanos?
¿Para seguir gritando agravios a propios y ajenos?
¿Para mentir con los datos económicos, de la vida cotidiana?
¿Para seguir mirando para otro lado del que miramos los ciudadanos de a pie?
En definitiva, ¿para qué?
Una reelección no puede ser un objetivo en sí mismo. Tiene que ser el instrumento para concretar un proyecto de país. Si ese proyecto existe, debe poder explicarse. Si ese rumbo merece continuar, debe poder demostrarse con hechos.
Los pueblos no votan para garantizar la continuidad de un dirigente. Votan porque esperan vivir mejor, trabajar mejor, educar mejor a sus hijos y construir un futuro con más oportunidades.
En definitiva, una reelección no se busca, se merece.
Por eso la pregunta decisiva no es quién quiere seguir gobernando. Ni siquiera por qué quiere hacerlo.
La pregunta decisiva es otra.
¿Para qué...?




