El invierno no había esperado al calendario astronómico; se había plantado con la prepotencia de las estaciones largas. Para Bonarda, sin embargo, el frío venía de la silla vacía al lado de la mesa de luz y de esas agujas de crochet que descansaban, inmóviles por primera vez en un siglo, dentro del costurero de mimbre. Esa semana de duelo intenso, infinito, Alicia y Aldo se habían quedado junto a su hijo Bautista, queriendo cuidar a Bonarda para que no le pase nada, porque de golpe y sin consuelo, se volvió una pasita de uva, chiquita y de profundas arrugas de pena.
En la radio, la voz del locutor local alternaba las marchas militares del Día de la Bandera con los avisos fúnebre, recordando a Malarda a una semana de su partida, la tejedora de mitos, la mujer de los mil nombres. Salvador escuchaba en silencio mientras preparaba el mate, intentando buscarle un sentido a todo, en la primera muerte cercana, la de su abuela. Ayer nomás el mundo lloraba a Borges; hoy, el país entero izaba el pabellón nacional a media asta, sin saber que, en un rincón del este, la mitad de un espejo centenario también se había apagado.
Bonarda se asomó a la ventana como queriendo encontrar en sus suspiros a su hermana gemela, la había soñado cada uno de los días desde que se fue. En la plaza del olivo, la bandera argentina flameaba pesada, recortada contra un cielo gris plomo que amenazaba con nieve en el llano. Le pareció una ironía del destino: justo hoy, el día en que la patria se vestía de gala para recordar a su creador, ella sentía que su propia geografía íntima se había desdibujado.
El invierno colonial y seco de Mendoza calaba hondo. El humo de las chimeneas de las fincas vecinas subía recto, como columnas que sostenían ese cielo plomizo. Bonarda caminaba distinto; ya no compartía el peso del aire con nadie. Sus pasos eran los de una mujer que ahora debía pisar por dos. Tomó una madeja de lana celeste y otra blanca que habían quedado sobre el aparador. No eran para tejer una escarapela; eran los hilos que Malarda había dejado enredados en su última tarde de rebeldía. Bonarda clavó la aguja con precisión milimétrica. El primer punto del invierno dolió en el alma, pero el tejido tenía que continuar. Alguien tenía que cuidar la leyenda. Alguien tenía que abrigar el mito en los días más fríos que estaban por venir. Fue en ese preciso instante, cuando la aguja de Bonarda se la llevó a su pecho, cuando el rastrojero más grande rojo de la familia, frenó en seco frente al portón de la finca, quejándose por el frío en los frenos. Salvador asomó los ojos por la ventana empañada. Aldo interrumpió el cebado del mate y Alicia se acomodó el saquito de lana, intuyendo que el aire denso de la casa estaba a punto de cambiar de frecuencia.
De la cabina del vehículo bajaron ellas. Tres siluetas idénticas, envueltas en ruanas oscuras con lágrimas entre sus flecos. Eran las trillizas, las hijas que Malarda, sus respectivos hijos y maridos, trayendo en sus ojos el mismo misterio indomable de la madre.
Llegaban sin aviso, como llegan las cosas inevitables.
Entraron a la casa en fila india, quebrando el silencio con el eco de sus pasos unísonos. Al verlas entrar al comedor, Bonarda se emocionó más que nunca jamás, al ver a sus sobrinas, siempre daba la impresión de estar viendo un hechizo repetido tres veces con tres corazones con pies gigantes.
Traemos el frío de la ruta, tía, dijo la primera, acercándose a la salamandra para entibiar sus manos nudosas, idénticas a las de Malarda. Y la sombra de la vieja que nos viene pisando los talones, agregó la segunda, clavando su mirada fija en la silla vacía. Se siente más viva ahora que no respira, sentenció la tercera, quitándose el pañuelo de la cabeza.
Bonarda por el echo de verlas nomás, era ver a esa cadena de ADN que la abrazarían en sus temblores emocionales. Las trillizas eran el vivo recuerdo de las mil pieles de su hermana gemela. Eran simplemente "las tres hebras" del destino de Malarda. Las tres mujeres se acomodaron alrededor de la mesa, rodeando a la tía Bonarda, abrazarla y abrazarla y contener, en lo posible.
¿Qué vas a tejer con eso, tía?, preguntó una de ellas, señalando la lana celeste y blanca, ¿escarapelas?
Bonarda miró el hilado, apretando los labios para que no se le escapara el temblor. Se acordó de las tardes de verano bajo el parral, cuando su hermana le escondía las madejas o le destejía los puntos adrede, solo por el gusto de llevarle la contra.
¡Qué mala, Malarda... qué mala por qué te fuiste sin mí!, susurró hacia la nada, con una sonrisa triste que se le dibujó entre las arrugas, como si la estuviera retando a través del espejo apagado. Después, miró a sus sobrinas y agregó:
No lo sé, pero algo que abrigue lo que quedó en mí sin ella, la patria está helada y yo también.




