La fogata de San Pedro y San Pablo

Novela: Bonarda y Malarda. Todos los capítulos de la novela lo pueden encontrar los domingos en Memo.

La fogata de San Pedro y San Pablo

 La noche de San Pedro y San Pablo nunca perteneció del todo a la Iglesia. Mucho antes de que Pedro y Pablo fueran santos, el hombre ya había descubierto que el fuego era el único lenguaje capaz de conversar con el invierno. Encender una hoguera era convencer al sol de que todavía valía la pena regresar. Era quemar el miedo, las pestes, las malas cosechas y las tristezas para que la tierra recordara que aún estaba viva.

Los inmigrantes trajeron esa ceremonia escondida entre rosarios, semillas y fotografías sepia. El tiempo hizo el resto. Los robles quedaron del otro lado del océano y aquí fueron los sarmientos los que aprendieron a arder. Desde entonces, en algún rincón del este mendocino, cada invierno una familia volvía a reunirse alrededor del mismo fuego que habían encendido sus abuelos, bisabuelos, sus ancestros.

Ese invierno tan triste para Bonarda al perder a su hermana, había endurecido la tierra hasta volverla de piedra. Las viñas dormían con esa paciencia antigua de las plantas que conocen el secreto de las estaciones, sólo el humo de las chimeneas parecía recordar que bajo la escarcha seguía latiendo la vida. Bonarda llevaba días y noches descubriendo la dimensión verdadera del silencio. No era la ausencia de Malarda, era otra cosa.

Las casas construidas para dos hermanas no aprenden a quedarse con una sola. Conservan hábitos inútiles. Una taza permanece donde nadie volverá a buscarla. Una silla sigue esperando un cuerpo. Una ventana continúa abriéndose a la hora en que ya no hace falta abrirla. Hasta la luz parece demorarse unos segundos antes de entrar. Fue entonces cuando comprendió que había llegado el momento, no de despedirse, el momento de entregar.

Mandó llamar a Bautista y le pidió una sola cosa. Que el fuego volviera a reunir a la Zona Este.

No hizo falta explicar nombres. Bautista entendió que no se trataba de invitar gente, sino de convocar una memoria. Durante dos días el mensaje viajó como viajan las noticias que nacen del afecto: de tranquera en tranquera, de bodega en bodega, de cocina en cocina. Nadie recibió una invitación. Cada uno sintió que Bonarda lo estaba esperando desde hacía muchos años.

Y comenzaron a llegar.

Llegaban despacio, con el andar de quienes ya habían aprendido que la verdadera importancia nunca necesita anunciarse. Unos traían damajuanas de Bonarda, otros cargaban sifones de soda bajo el brazo como si llevaran un viejo ritual doméstico. Había canastos cubiertos por repasadores bordados, guitarras que todavía conservaban el olor de otras fogatas, panes recién horneados, sopaipillas, aceitunas, quesos, dulces y abrazos que parecían demorarse para recuperar el tiempo perdido.

El patio empezó a ensancharse, no porque crecieran sus paredes, es que cada visitante traía consigo un pedazo del este. Allí estaban los que todavía defendían las viñas cuando otros las daban por perdidas. Los que abrían las bodegas como quien abre la puerta de su casa. Los que seguían creyendo que una receta heredada también era patrimonio. Los que enseñaban a los viajeros que una acequia puede contar la historia de un pueblo con más precisión que un libro. Llegaban los hijos y las hijas, los nietos. Llegaban las manos jóvenes que algún día tendrían que sostener aquello que las manos vividas ya empezaban a soltar.

Bonarda no necesitaba reconocerlos uno por uno, los veía como se mira una foto desde lejos donde lo que reconocía eran los recuerdos.

En el centro del patio, los sarmientos esperaban apilados con la parsimonia de quienes saben que nacieron para ese último destino. Había troncos de olivo, ramas de álamo castigadas por el viento, algunos trozos de vid que habían dado sombra y uvas durante décadas. Ninguna madera era nueva, como las personas reunidas aquella noche, todas traían una historia escrita en sus anillos. Los más chicos se acercaban con curiosidad. Los mayores los detenían con una mano suave sobre el hombro. El fuego, decían los viejos, nunca había sido un juguete, era un huésped, había que recibirlo con respeto.

La helada comenzaba a descender sobre los parrales. Desde las acequias llegaba ese olor inconfundible del invierno mendocino: tierra húmeda, hojas dormidas y leña recién cortada. A lo lejos, algún perro rompía el silencio. después, otra vez la noche.

Bautista acomodó el último sarmiento sin decir una palabra. Bonarda observaba la escena desde su sillón de mimbre. Sobre sus piernas descansaba la manta que Malarda había tejido el invierno anterior. Pasó la mano por la lana como quien acaricia una memoria, entonces uno de los bisnietos se acercó con un fósforo. Nadie dio una orden. Las ceremonias verdaderas nunca la necesitan, la llama fue apenas un punto amarillo. Vaciló. Pareció arrepentirse, hasta que encontró un sarmiento seco, después otro y otro más, el fuego comenzó a respirar. Primero fue un murmullo, luego un crujido, finalmente una respiración profunda que pareció salir de la misma tierra.

Las llamas crecieron despacio, como si conocieran el valor de la espera. No tenían apuro. Habían cruzado siglos para llegar a donde tenían que llegar y cumplir con los rituales de quemar lo viejo para que llegue sano y salvo lo nuevo.

Bonarda levantó la vista. Sintió que el calor no nacía solamente de la madera, había algo más, como si cada sarmiento devolviera, convertido en luz, todos los inviernos que alguna vez había sostenido. El círculo alrededor de la fogata terminó de cerrarse sin que nadie lo advirtiera. Los vasos de vino con soda comenzaron a pasar de mano en mano. No había brindis. Todavía no.

Sólo el fuego ocupando el centro, como un viejo patriarca al que todos reconocían sin necesidad de presentaciones. Bonarda dejó descansar los ojos en las brasas. Dicen que hay noches en las que el fuego no ilumina. Recuerda.

Bonarda dejó descansar los ojos en las brasas.

Dicen que hay noches en las que el fuego no ilumina.

Recuerda.

Las llamas comenzaron a cambiar de forma con la lentitud de los viejos almanaques. El humo dejó de subir derecho y empezó a dibujar remolinos, como si el invierno quisiera escribir sobre el cielo aquello que los hombres olvidan. Entonces el tiempo dejó de ser una línea para ser círculo.

Entre una llamarada y otra apareció Osman, no caminó desde ningún sitio, simplemente estaba allí, a su lado, Elena sostenía un libro abierto, aunque Bonarda sabía que ya no hacía falta leerlo. Las historias verdaderas terminan viviendo en otra parte. Un poco más atrás sonreían Roberto y Adriana. Conservaban la juventud de los días en que el destino les había confiado a una pequeña Malarda para que la criaran como hija. El fuego les había devuelto el tiempo que la vida siempre les había ido quitando.

José seguía llevando la boina apenas inclinada. Pedro miraba las llamas igual que antes miraba las acequias: como quien sabe que el agua y el fuego nunca obedecen del todo a los hombres. Algunas personas siguen acompañando precisamente porque aprendieron a no interrumpir el silencio.

Bonarda buscó un rostro más. El único que todavía faltaba. Las brasas respiraron hondo, entonces apareció Malarda. No era la anciana que el invierno se había llevado unos días atrás. Era la muchacha de ojos inquietos que había corrido descalza entre los parrales, la que se reía antes de terminar los chistes, la que discutía con Bonarda sólo para tener después el gusto de reconciliarse.

Las dos hermanas se miraron largo rato. Ninguna levantó una mano. Ninguna habló. Después de una vida compartida, las palabras habían dejado de ser necesarias. Bonarda sintió que el vaso de vino con soda le entibiaba las manos. Lo levantó apenas unos centímetros, como quien brinda sin romper el hechizo.

Las llamas respondieron con un estallido breve.

En ese instante comprendió que los muertos nunca abandonan la tierra que ayudaron a sembrar. Permanecen en la sombra de los olivos, en el agua de las acequias, en los sarmientos que vuelven a arder cada invierno y en los hijos de los hijos que, sin saberlo, repiten los mismos gestos. Cuando volvió a parpadear, las figuras se habían desvanecido. En el lugar donde había visto a Osman estaba Bautista acomodando la leña, donde había estado Elena, un niño jugaba a la pelota, los nietos reían donde un instante antes conversaban José y Pedro. Y sobre el rostro de una bisnieta, iluminado por el resplandor de la fogata, Bonarda descubrió la misma sonrisa irreverente de Malarda.

Entonces entendió por qué el fuego nunca olvida. No guarda a los muertos. Los devuelve convertidos en memoria. Bonarda sonrió al ver luciérnagas, se ilusionó. El invierno continuaba siendo el mismo, pero ya no dolía igual.

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