Un recorrido histórico de una viajera del tiempo instalada en 1920 en la Buenos Aires que "nada sabía del tango". Fue cuando el bandoneón de la dama marcó el camino a uno de los maestros del tango: Osvaldo Pugliese.
La historia breve de Paquita, la que descubrió a Pugliese
Una mañana de 1921
El sol del mediodía ilumina la estancia. Hay un grupo de dos o tres hombres en mangas de camisa, unos gastan corbatas largas otros de moño. Están en un rincón circunspectos, atentos, fumando cigarrillos cuyas volutas se confunden con el chorro de luz que entra por la puerta ventanal con total generosidad. El salón decorado en forma minimalista muestra los objetos que componen aquella escena de primavera del año 1921: una silla thonet solitaria y a su lado un bandoneón, y en uno de los rincones un piano de cola con su banquete.
Desde primera hora la joven mujer ha estado sentada en una de esas sillas, escuchando bandoneonistas, violinistas y pianistas. Tiene en mente formar su propia orquesta, a sabiendas que dará que hablar con su decisión. Se terminaron, por ahora, sus performances en hospicios, fiestas barriales, familiares y kermeses. Ahora llegó la oportunidad de ser profesional y no desaprovechará la oportunidad. Los hombres entre las sombras son sus hermanos que la acompañan y cuidan en cada salida artística o de trabajo relacionada con su profesión.
Ya seleccionó a un violinista de apellido Vardaro, (un chico de nombre raro les dice a los hermanos ), el último pianista no la convenció del todo, y espera al siguiente. En ese resquicio del tiempo, con el sol espléndido inundando el cuarto, ingresa un muchachito tímido. Nada dice. Hace una respetuosa reverencia ante la dama y pasa a sentarse frente al piano. Ni bien comienza a hacer sonar las teclas con fuerza, convicción y talento, la chica que está atenta a los músicos, que solía tener un rostro impasible, levanta con sorpresa - una íntima y agradable sorpresa- sus cejas bien marcadas por la naturaleza y el maquillaje. Lo deja tocar, sin interrumpir. Cuando el pianista adolescente levanta sus manos del teclado, se queda quieto y le dirige una mirada sin expresión a la mujer. Ella instintivamente aplaude y muestra su sonrisa que se reduce a un hilo tenue, una pincelada mínima que apenas dividía su rostro.
Los hermanos en mangas de camisa salen de la penumbra y se dirigen a ella. Musitan cosas como "es bueno, pero no conviene, es menor", "Paca, que pase otro". Ella, sin embargo, los calla con un gesto leve de su mano derecha y los invita a alejarse otra vez. Se pone de pie. "Vos sos Pugliese ¿no?, aquí te tengo anotado", "sí Srta.", atina a responder el jovencito. "Sos muy bueno pibe, me gustó mucho lo que hiciste en el piano, arreglamos y pasás a ser el pianista de mi orquesta"- el rostro del chico se ilumina levemente- "eso sí -lee el nombre en la lista- Osvaldo, nada de pantalones cortos", instintivamente Pugliese se lleva las manos pudorosamente a sus rodillas. "te adelanto unos pesos de tu sueldo y vas a comprarte unos largos como corresponde a un señor músico ¿vale?", esa mezcla de porteña y española lo sorprende y Osvaldo Pugliese acepta.
Ella es Francisca Cruz Bernardo, más conocida como "Paquita Bernardo", el primer bandoneón de esa orquesta que, indefectiblemente, pasará a llamarse "Paquita"; primer bandoneón y primera mujer en Argentina que toca el fuelle y es un contento verla y escucharla, porque en sí sintetiza todo lo que vendrá, pero en la década del 20. Una luz que iluminará al tango como la que entra por el ventanal de ese mediodía de primavera en que descubrió a su pianista, Osvaldo Pugliese. Lo hará todo con rapidez, como si íntimamente supiera que no le resta mucho por vivir...
Una noche de 1921
El reconocido tango andaluz "Fumando espero", inicia con el clásico "Corrientes 348, segundo piso ascensor". En esta noche es Corrientes 1537 (entre Montevideo y Paraná), sin ascensor porque es el famoso "Café Domínguez" o "Bar Domínguez", refugio de bohemios, poetas, tangueros, actores. El primer local que no se toma descanso para el jolgorio y la tertulia, pues es "el primer Café/24 horas". El café no duerme y Domínguez está abierto todo el día, toda la semana. Esa noche templada y agradable de 1921 tendrá lugar un debut esperado e insólito en su escenario. Los parroquianos insomnes verán por primera vez a una mina tocando el bandoneón y no solo eso, la mina es la directora de la orquesta. Ella tiene 21 años, su pianista 15, el violinista por ahí anda también. Hay una electricidad que chispea en los trajes de los presentes. Y no faltó uno solo: Francisco Canaro, Eduardo Arolas, Roberto Firpo, el mítico Juan Maglio "Pacho", todos los capitostes de la Guardia Vieja del tango están allí.
Es tal el alboroto que los vigilantes que dirigen el tránsito se ven obligados a desviar el tránsito vehicular de la calle Corrientes hacia Paraná debido la masa de gente que se agolpa en las puertas y ventanas solo para escucharla o espiarla, con una mezcla de morbo y fascinación por ver a una mujer joven empuñando un bandoneón y liderando un conjunto de varones, teniendo en cuenta que esa calle es aún angosta (minga de Obelisco entonces). Es al cuete, esa noche debuta al frente de su orquesta "Paquita", esa audaz de Francisca Cruz Bernardo, la "Paca", "Paquita", la que definitivamente se convertirá de ahora en más en "La Flor de Villa Crespo".
9 de la noche en la templada primavera de 1921 en "Bar Domínguez".
Su hermana le había dicho: "Te van a escuchar, sí, pero principalmente van a ir mirarte". Ella lo sabe muy bien. Como también tiene entendimiento que es la oportunidad de su vida. Y entonces aparece bajo las luces del escenario, ante el cerrado aplauso y la expectación general, la orquesta "Paquita". Los músicos entran vestidos con elegancia pero sin la etiqueta con la que suelen tocar los músicos de orquestas consagradas. Y ella, radiante, toma asiento en la silla thonet. Gasta un saco tipo sastre, azul marino hasta la cintura, camisa alba y corbatín negro; tiene una falda larga, color negro, pero muy amplia. La falda no es un capricho de la moda o algo parecido, al contrario, ella la ha mandado hacer de esa forma para que, cuando abra las piernas acompasando el ritmo y la apertura del fuelle, nadie vea lo que no debe ver. Cumple así la recomendación paterna: "puedes tocar el bandoneón en lugar del piano, pero no quiero que ningún tipo te esté mirando cuando abras las piernas para abrir el instrumento Paca".
Es menuda pero bien formada. Su cabello corto, peinado a la garçonne, era casi un manifiesto. Mientras muchas mujeres todavía ocultaban la cabeza bajo sombreros y elaborados recogidos, Paquita exhibía una melena libre, descontracturada, moderna. El mismo espíritu desafiante que llevaba al escenario con su bandoneón también se adivinaba en ese corte de pelo que parecía anunciar una nueva época.
Su look de esa noche y para el resto de su vida, adquiere una dimensión política, física y profundamente transgresora para la década de 1920.
Todo en su aspecto esa noche, el cuidado calculado para poder ejecutar el instrumento sin perder la elegancia, es un desafío a los códigos morales imperantes.
El debut de la Flor de Villa Crespo es un éxito. Su melena corta y batida al viento, aporta un contraste sumamente moderno, bohemio y dinámico. Esa combinación de traje severo con cabellera indómita generaba un magnetismo visual único que volvía locos a los parroquianos del Café Domínguez y de todos los cafés de la calle Corrientes.
Días y noches entre 1921 y 1925
Paquita continuará su derrotero musical en forma ascendente, estelar. Se ha ganado paulatinamente el respeto de músicos y artistas en general. Es, a su manera, una diva extraída de alguna película muda. Viste elegante, llama la atención, se ha comprado un automóvil. Es una mujer desprejuiciada de los locos años 20. Ella es una "flapper" criolla, piel de aceituna, ojos negros tan intensos como el azabache de su melena descontracturada.
Tuvo muy buenos músicos que la acompañaron durante su breve carrera. Gardel le grabó dos tangos de su autoría: "Soñando" y "La enmascarada", lo cual para cualquier artista de su época era una cucarda dorada en su pecho.
La Flor de Villa Crespo estaba haciendo escuela en todos los sentidos posibles: como bandoneonista, compositora y arregladora. Y sin embargo siempre fue la galleguita nacida el 1 de mayo de 1900, en el seno de una familia inmigrante española (de Almería concretamente) de clase media con numerosa prole, instalada en el Barrio de Villa Crespo. Despreció todo lo convencional reservado a una mujer de su clase social y época: costura, corte y confección, tejido, piano, marido, hijos. Ella dio una verdadera lección de cómo ser vanguardista y ser feliz siéndolo.
Una tarde de abril de 1925
No pudo resistirse a salir a un día de campo con sus amigas. Allí fue y la jornada al aire libre la sorprendió riendo, tomando alguna cerveza y comiendo masitas servidas en un mantel cuadrillé color blanco y verde. Hasta que el crepúsculo ocultó el sol y atrajo nubes grises cargadas de agua, trueno y desgracia.
Todas huyeron empapadas. Paquita llegó a casa aterida y mojada. A la medianoche ya ardía de fiebre y sudores espesos que la sumían en un profundo sopor.
Un resfrío fuerte.
Una congestión respiratoria importante en años donde la penicilina estaba en fase experimental en el laboratorio de Alexander Fleming, que comenzó a utilizarse y comercializarse recién en 1945, veinte años después del resfrío de Paquita.
Y no lo logró. No pudo curar y el resfrío se hizo neumonía y la neumonía le cerró los fuelles de los pulmones a ella, a la diosa indiscutida del fuelle tanguero.
Era el 14 de abril de 1925. Aún no contaba con 25 años de edad y en su cuerpo yermo se quedaron fijados muchos otros tangos, las ilusiones se arremolinaron, se elevaron y se fueron con su alma aquel aciago día, a las 14:15 hora de Villa Crespo.
Domingo de 2026
Paquita murió cuando apenas comenzaba a escribir la parte más importante de su historia. Nunca supo que otras mujeres seguirían abriendo el fuelle sin pedir permiso. Nunca vio al adolescente de pantalones cortos que había descubierto convertirse en uno de los gigantes del tango argentino. Tampoco pudo imaginar que, un siglo después, su nombre seguiría apareciendo cada vez que alguien se preguntara quién fue la primera en desafiar un mundo que no había sido pensado para ella. Algunas personas viven muchos años y dejan apenas un recuerdo. Paquita Bernardo vivió apenas veinticuatro y dejó un camino.
Aquella mañana de 1921, cuando el sol entraba generoso por el ventanal y una muchacha decidía darle trabajo a un adolescente llamado Osvaldo Pugliese, nadie podía imaginar que el tango acababa de cambiar para siempre. La luz de ese día se apagó demasiado pronto para Paquita Bernardo. Pero el camino que abrió con su bandoneón nunca volvió a cerrarse.




