El autor va al rescate de la historia de una de las cantantes de tango cuyo virtuosismo fue proporcional a su fama, pero inversamente a su amor desdeñado por el músico más influyente de los años 30.
Tango lujoso y clandestino: Ada Falcón, la diva apagada por el frío de Canaro
Arrogante, altiva, excéntrica, vanidosa, diva en el cabal sentido de la palabra. Así era, en sus años de esplendor, Ada Falcón, una de las grandes voces femeninas del tango argentino. Había nacido en Buenos Aires el 17 de agosto de 1905 como Aída Elsa Ada Falcone y moriría, 96 años después, en la soledad de un hogar de ancianos de Molinari, Córdoba. Entre una fecha y otra transcurrió una vida extraordinaria: fama, dinero, amor clandestino, lujo, religión, misterio y un voluntario silencio que duró seis décadas.
Era la menor de tres hermanas, todas vinculadas al mundo artístico. Sobre su filiación paterna circuló una historia que la propia Ada habría contado: decía ser hija natural de un hombre de apellido ilustre de la sociedad argentina, que habría raptado a su madre en un arrebato amoroso. Néstor Pinsón recoge el relato, pero advierte que nunca pudo ser comprobado. Conviene, entonces, dejarlo donde corresponde: en esa zona brumosa donde la biografía de Ada comienza a mezclarse con la leyenda.
Su madre, Cornelia, tuvo una influencia decisiva en la carrera de sus hijas. A los cinco años ya actuaba ante el público como "La Joyita Argentina", nombre que muchos años después volvería a utilizar para bautizar la casa donde se refugiaría en Córdoba. Antes de cumplir veinte años había pasado por sainetes, revistas y cine mudo.
En 1925 llegó el disco. Ada comenzó a grabar acompañada por la orquesta de Osvaldo Fresedo. Era el comienzo de una carrera que la llevaría a convertirse en una de las cancionistas más famosas de la Argentina.
Su voz tampoco se parecía demasiado a la de sus contemporáneas. Según Pinsón, poseía un registro que iba de mezzosoprano a soprano en las notas altas, con un tono ligeramente engolado y un particular modo de frasear. Su canto era romántico, emotivo, de tono casi plañidero. Tenía, en definitiva, una manera de cantar que podía gustar o no, pero que nadie confundía con otra.
Entonces alguien puso los ojos en Ada.
Eran los ojos de Francisco Canaro, aquel hombre sagaz para los negocios que había convertido su nombre en una verdadera empresa dentro del universo tanguero. Canaro ya era una figura enorme cuando Ada llegó a su orquesta. El encuentro artístico que cambiaría la vida de ambos se produjo el 24 de julio de 1929, cuando ella grabó el estribillo de "La morocha". A partir de entonces comenzaría una de las asociaciones más fecundas y también más tormentosas de la historia del tango.
Juntos realizaron alrededor de 180 registros hasta septiembre de 1938. Y entre ambos nació, además, una relación sentimental que se prolongaría durante años. Canaro era casado. Ada quería que se divorciara y se casara con ella. Según el relato recogido por Pinsón de un músico de la orquesta de Canaro, el director llegó a considerar la posibilidad, pero consultó con su abogado y comprendió que un divorcio implicaría un importante costo económico. Finalmente no se separó de su esposa.
Mientras tanto, Ada se convertía en una estrella.
Vivía rodeada de lujo, pieles, joyas y automóviles. Habitaba una casa de tres plantas en Palermo y las revistas alimentaban su imagen de diva caprichosa y fascinante. Los hombres admiraban su belleza y, sobre todo, aquellos ojos verdes que terminarían incorporándose a la mitología tanguera. En 1930 Canaro compuso para ella el célebre vals "Yo no sé qué me han hecho tus ojos", una de las canciones que quedarían para siempre asociadas a su figura.
Pero detrás de la diva comenzaba a crecer otra Ada.
La relación con Canaro era tormentosa y ella parecía cada vez más absorbida por la religión. Comenzó a frecuentar iglesias, a hablar de visiones y a desarrollar comportamientos que desconcertaban incluso a quienes la rodeaban. En el tramo final de su carrera llegó a rechazar el contacto directo con el público: en Radio El Mundo prefería actuar en una pequeña sala antes que presentarse en el auditorio principal. Más tarde llegó a exigir una cortina que la separara de los músicos.
Alrededor de aquella relación comenzaron a circular historias cada vez más increíbles.
Una de ellas aseguraba que "La Francesa", como se conocía a la esposa de Canaro, había llegado hasta el palacete de Ada y había destrozado a palazos el automóvil de la cantante. Dicen que le dijo, con absoluta tranquilidad y venenosamente: "Dale, rompelo todo, así tu marido me compra uno nuevo". Otra, todavía más cinematográfica, contaba que durante un descanso de la orquesta había encontrado a Ada sentada en las rodillas de Canaro, había sacado un revólver de su cartera y la había amenazado, obligándola a salir corriendo.
Estas historias forman parte de la mitología que rodeó a la pareja y no pueden presentarse como hechos comprobados.
También circuló otra versión, según la cual Canaro habría mantenido una relación con Adhelma, hermana de Ada, y que la cantante habría descubierto personalmente la traición. Esa historia se convirtió en una de las explicaciones habituales para su posterior derrumbe. Sin embargo, tampoco contamos con pruebas suficientes para afirmar que aquel episodio haya ocurrido ni, mucho menos, que haya sido la causa de su retiro.
Lo que sí sabemos es que Ada comenzó a desaparecer antes de desaparecer.
En 1938 terminó su relación artística con Canaro. En 1939 compró en Salsipuedes, Córdoba, la casa que llamó La Joyita. Y mientras su fama continuaba, su comportamiento se volvía cada vez más extraño. La radio todavía la reclamaba, pero ella se alejaba progresivamente del público. Su carrera no terminó de golpe: fue apagándose.
En 1942 realizó sus últimas grabaciones: "Corazón encadenado" y "Viviré con tu recuerdo", ambos temas de Francisco Canaro e Ivo Pelay, acompañada por la orquesta de Roberto Garza. Después de eso, Ada Falcón abandonó definitivamente la vida artística.
Vendió o regaló buena parte de sus pertenencias y se retiró a Salsipuedes junto a su madre. Ambas adoptaron una vida de profunda religiosidad y se incorporaron como terciarias franciscanas. La mujer que había conocido el lujo, los aplausos, los automóviles y los escenarios eligió la pobreza y el aislamiento.Y entonces comenzó el misterio.
Revista Radiolandia.
Durante aproximadamente sesenta años Ada casi desapareció del mundo. Se convirtió en una leyenda viviente. Mientras las viejas grabaciones seguían circulando, aquella mujer de los ojos verdes, la melena al viento y la voz doliente parecía pertenecer a otro tiempo.
En 1989 regresó fugazmente a Buenos Aires para reclamar judicialmente derechos vinculados con sus grabaciones y para acusar a su hermana Adhelma de haber cobrado dinero que, según ella, le correspondía. El enfrentamiento entre ambas hermanas sí está documentado; la supuesta historia de amor entre Adhelma y Canaro, en cambio, permanece en el terreno de la versión.
La vejez encontró a Ada en condiciones muy distintas de aquellas que había conocido durante su esplendor. Terminó internada en el hogar de las Hermanas de San Camilo, en Molinari, cerca de Cosquín. Allí, en silla de ruedas y gravemente enferma, recibió en 2001 la visita de Sergio Wolf y Lorena Muñoz, realizadores del documental "Yo no sé qué me han hecho tus ojos".
La cámara volvió a encontrar a la mujer que había desaparecido.
Ada vio imágenes de sus antiguas actuaciones, escuchó sus viejas canciones y habló de su pasado. Pero aquella mujer anciana ya no se reconocía en la diva de las fotografías. Negó haber amado a Canaro y habló de él con una dureza feroz. Su memoria, naturalmente, pertenecía a una mujer de casi un siglo de vida y debía ser escuchada con la misma cautela con que se escucha cualquier testimonio tardío.
Ada murió el 4 de enero de 2002, tenía 96 años.
Sus restos fueron trasladados a Buenos Aires y sepultados en el panteón de SADAIC, en el cementerio de la Chacarita. Allí, casi irónicamente, terminó descansando a poca distancia de Francisco Canaro, el hombre que había ocupado una parte enorme de su vida y cuya figura quedó inevitablemente ligada a su leyenda.
Quizá nunca sepamos qué ocurrió realmente entre ellos. Tampoco sabremos con certeza qué llevó a Ada a abandonar, cuando todavía estaba en la cima, la fama, el dinero, la belleza y los escenarios.
Lo que sí sabemos es que aquella mujer que durante años había hecho de sus ojos verdes una de las imágenes más reconocibles del tango terminó cerrándolos al mundo.
Y tal vez por eso siguen siendo inolvidables.




