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Mendoza Mineral, Ceniza y Plata: la corriente invisible
"El cobre es el cuerpo, Ceniza, pero la energía es el alma. Quien controle por dónde fluye la luz, decidirá el futuro del mapa. No dejes que apaguen la montaña."
Hay momentos en que la energía deja de ser un número en una factura o una línea trazada sobre un mapa y se convierte en algo puramente físico, animal, que se mete por los poros y eriza la piel.
Ceniza Solana estaba de pie en medio del parque fotovoltaico, donde miles de paneles oscuros descansaban bajo el sol inclemente de la siesta. A simple vista, el lugar parecía un desierto de espejos en absoluto silencio. Pero si uno se quedaba quieto, aferrando los pies a la tierra seca, podía sentir un zumbido sordo y subterráneo: la vibración de millones de fotones transformándose en corriente purísima, viajando a toda velocidad por las entrañas de cobre escondidas bajo el polvo.
-Es una locura hermosa, ¿no?, murmuró Gemma, acomodándose las gafas oscuras mientras observaba la inmensidad del paisaje. Durante años nos hicieron creer que la energía era solo petróleo quemado, humo y chimeneas de hierro en decadencia, y resulta que la verdadera fuerza estaba acá, esperándonos entre el sol que nos quema la cabeza y la piedra que sostiene todo.
Plata Hinojosa no respondió. Tenía el atril desplegado entre las jarillas y, con trazos rápidos de acrílico naranja, amarillo y ocre, intentaba atrapar esa luz que parecía incendiar el aire.
-No estoy pintando el sol, Gemma, dijo Plata sin volver la cabeza, haciendo rotar el pincel en su mano manchada. Estoy pintando la red invisible, la que une este calor con los monitores de un hospital en Uspallata, con los motores del tren en Palmira y con las baterías que el mundo nos pide a gritos. La energía no es una abstracción, es el hilo que nos mantiene pegados a la vida cotidiana.
- ¿Y cuándo vas a exponer todos los cuadros que venís pintando?, preguntó Gemma.
- Cuando las investigaciones con Ceniza hayan terminado, vos hacés una comprensión humana, ese blend de las cosas, yo saco mis impulsos artísticos con lo que más amo: el arte y la arquitectura. Nos queda un largo camino para recorrer y hasta que no esté en funcionamiento el tren bioceánico, no creo que deje de pintar.
Baltazar del Carril se acercó a ellas caminando despacio, con esa parsimonia de hombre de cordillera que mide los pasos como si midiera eras geológicas.
Llevaba en la mano su libreta de campo y su Tablet, pero no miraba las rocas del suelo, miraba las torres de alta tensión que se recortaban contra el cielo infinito, perdiéndose hacia la cordillera.
-El problema es que la energía es traicionera, dijo Baltazar, apoyando una mano sobre el hombro de Plata con una ternura añeja. Si no la encauzás, se dispersa en el aire o quema la línea, pasa con la electricidad y pasa con la gente.
Ceniza apretó contra su pecho la carpeta de cuero gastado. No había vuelto a saber nada de Santiago Rubí desde aquella noche atropellada de viento y confesiones en Uspallata, donde los besos y las traiciones se mezclaron hasta volverse indistinguibles. Sin embargo, esa misma mañana, en la mesa del café, había encontrado una vieja postal del Trasandino con una sola frase escrita al dorso, con esa caligrafía apurada y limpia que ella conocía de memoria:
"El cobre es el cuerpo, Ceniza, pero la energía es el alma. Quien controle por dónde fluye la luz, decidirá el futuro del mapa. No dejes que apaguen la montaña."
- ¿Pensás en él?, preguntó Baltazar en voz baja.
Ceniza respiró profundo, sintiendo el aire tibio y seco raspándole la garganta.
-Pienso en lo fácil que es confundir un espejismo con una luz real, respondió
Ceniza, mirando las líneas de alta tensión que se estiraban hacia el oeste.
Santiago creía que la energía era un recurso financiero, un tablero estratégico para mover piezas desde un escritorio en Santiago o en Londres. No entendía que para nosotros la energía es pertenencia, es el calor de la casa, es el agua que sube a las fincas, es la dignidad de no tener que pedir permiso para encender el futuro.
De pronto, un chisporroteo seco cruzó el cerco perimetral. Una ráfaga brusca de viento zonda anunciando el frío también, bajó de la montaña, levantando una polvareda terracota que hizo flamear el lienzo de Plata y obligó a todos a protegerse el rostro. Entre el polvo suspendido, las torres de tensión parecieron vibrar como cuerdas de una guitarra gigante. Por un instante, la luz del sol se filtró a través de la polvareda creando un destello dorado y purpúreo, un reflejo idéntico al pórfido que dormía en las profundidades de la tierra.
Mica disparó la cámara. En la pantalla digital, la fotografía capturó el instante exacto: las tres mujeres paradas frente a la red, tomadas de las manos contra el viento, mientras detrás de ellas las luces de la provincia empezaban a encenderse una por una, alineadas sobre la noche incipiente como peñascos de fuego.
Plata sonrió, se limpió una pátina de tierra de las mejillas y guardó el pincel.
-Ahí está la respuesta de Argentina D'Oro, dijo Plata, observando las sombras de la cordillera. El secreto nunca fue guardar la luz para unos pocos en un cofre de plata. El verdadero secreto era aprender a encender la montaña entre todos, sin apagar a nadie en el camino.
Ceniza guardó la postal en el bolsillo de su tapado ocre y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el pecho no le dolía. El fuego del pasado se había vuelto ceniza, sí, pero bajo las cenizas mendocinas siempre latía una corriente invisible, invencible y dispuesta a volver a brillar. Plata, que la observaba desde el atril, se acercó en silencio, Ceniza le entregó el papel sin decir palabra, Plata desplegó la hoja y leyó en voz alta, para que el viento y la cordillera fueran testigos:
La corriente invisible
Viniste a mí como vienen las sombras a la tarde sin anunciar la noche que traías guardada.
Entramos al centro del laberinto, a la vida,
como entra el azar en un juego de cartas impredecible, certero y
con la victoria ya escrita en la mirada.
Abrir las puertas de un tiempo donde no habita la distancia.
Qué manera terca la de amar la sombra en un territorio
que cruzaste de noche para llegar a otra parte
antiguo dolor que no sabe de razones.
Duele la casa vacía de tus palabras
Mendoza me guarda la sombra
y sus olores me curan la herida.
Al terminar de leer, Plata miró a Ceniza con una sonrisa tenue y melancólica.
Baltazar se acercó por detrás, mirando fijamente los versos manuscritos.
-Las palabras también son pórfido, Ceniza, dijo Baltazar en voz baja. Tienen minerales dispersos que solo se ven cuando la luz puede brillar sola.
Ceniza tomó la hoja, la guardó junto a la postal de Santiago y volvió a mirar las torres de alta tensión que se alejaban hacia el oeste. El viento Zonda comenzaba a amainar, dejando en el aire ese aroma a jarilla y tierra caliente que anuncia la llegada de la noche.
-Que la luz siga viaje, murmuró Ceniza, y por primera vez en mucho tiempo, su voz no tenía el peso del pasado, sino la ligereza del aire limpio de la cordillera.




