Novela Bonarda y Malarda. Todos los capítulos de la novela lo pueden encontrar los domingos en Memo.
Cuando una hija deja de ser hija
La casa siguió en pie. Las paredes no se agrietaron. Los relojes continuaron marcando las horas con la misma obstinación de siempre y el agua siguió hirviendo en la pava cada mañana. Lo único que dejó de existir fue esa certeza tan antigua de que, al cruzar la puerta, alguien iba a decir: "¿Llegaron, hijas?"
Nunca imaginamos que una sola voz pudiera sostener una casa entera.
Teníamos más de sesenta años. El cabello ya empezaba a parecerse al de Malarda, las manos mostraban las primeras manchas del tiempo y en nuestras rodillas se acumulaban los inviernos. Habíamos criado hijos, despedido amigos, enterrado afectos y aprendido a convivir con las pérdidas pequeñas que trae la vida. Nos creíamos mujeres hechas. Hasta que murió mamá. Entonces comprendimos que una hija nunca termina de crecer mientras su madre siga respirando.
Los primeros días estuvieron llenos de gente, flores, abrazos, comida que nadie probaba. Pésames repetidos con la mejor intención y la peor eficacia. Después todos volvieron a sus vidas. El panadero abrió la persiana como cada madrugada. La cosecha siguió esperando. El mundo, con una crueldad casi ofensiva, siguió andando. Nosotras no.
Cada una encontró una forma distinta de romperse.
Yo empecé a abrir el ropero de mamá todas las tardes, no buscaba ropa, buscaba el olor. Hay perfumes que sobreviven unos meses escondidos entre las telas, como si también se resistieran a aceptar la muerte. Apoyaba la cara sobre sus vestidos y, durante un instante, el cuerpo olvidaba lo que la cabeza ya sabía. Después el perfume se escapaba otra vez y había que volver a empezar el duelo.
Mi hermana se dedicó a ordenar los papeles, decía que era para ayudar. Mentía. Buscaba una letra, una receta escrita de apuro, una lista del almacén, cualquier cosa donde todavía pudiera reconocer la presión de la mano de mamá sobre el papel. Descubrió que la tinta también envejece y sintió miedo. Si la tinta desaparecía, ¿qué otra cosa podía desaparecer después?
La menor dejó de corregir el tiempo de los verbos. "A mamá le gustan las rosas."
"Mamá teje como una arañita cariñosa." "Mamá sabe cuándo va a llover."
Nadie la corregía, tal vez porque las dos hacíamos lo mismo, el pasado era demasiado definitivo. Mientras habláramos en presente, ella seguía teniendo un lugar en la mesa. Lo más cruel no fue el entierro. Fue descubrir que ya no había nadie que recordara exactamente quiénes habíamos sido de niñas. Nadie volvería a decir: "Cuando tenías cinco años te escondías detrás del parral porque le tenías miedo a las tormentas." Nadie recordaría cuál de las tres había aprendido primero a leer, cuál se había caído del caballo, cuál lloraba cuando le cortaban el pelo. Con mamá no murió solamente una mujer, se marchó el último testigo de nuestra infancia.
Una tarde nos miramos en silencio. No hizo falta hablar. Las tres habíamos descubierto la misma arruga junto a los ojos, el mismo gesto al acomodarnos el cabello, la misma manera de doblar los repasadores. Las mismas entradas en nuestras cabelleras y los mismos remolinos. Durante años quisimos parecernos a ella. Ahora cada parecido dolía como una ausencia.
Dicen que el tiempo cura. No es cierto. El tiempo enseña a caminar con una silla vacía en el alma. Hay días en que una cree haber aprendido. Se ríe con los nietos, poda las rosas, cocina, conversa, hasta olvida por unas horas. Y de pronto encuentra una taza, una canción, una bufanda, una palabra cualquiera. Entonces comprende que el dolor no se fue, sólo estaba esperando detrás de un recuerdo.
Aquella noche entendimos, por fin, qué significa quedarse huérfanas a los sesenta y tantos años. No era sentirnos solas. Era comprender que ya no existía nadie en el mundo capaz de mirarnos y seguir viendo, detrás de nuestras canas y de nuestras manos gastadas, a aquellas tres niñas que corrían entre las viñas y las obras, llamando a una sola mujer: Mamá.




