El insomnio de Godoy Cruz o el coraje de San Martín que no dejaba dormir

El congresal mendocino, uno de los dos (el otro era Juan Agustín Maza) y sus pensamientos abismales que le quitaban el sueño antes de firmar la declaración de la Independencia. Cómo ser argentino sin saber qué iba a pasar.

El insomnio de Godoy Cruz o el coraje de San Martín que no dejaba dormir

Por:Alejandro Cruz
Historiador

 Antes de la patria

Tomás Godoy Cruz al fin está en el catre tratando de conciliar el sueño. Es la noche tucumana del 8 de julio de 1816, la víspera de un suceso que lo tendrá entre sus protagonistas. Sobre la mesa de luz, una rústica palmatoria de cobre sostiene una vela cuya llama se agita con alguna corriente de aire que logra filtrarse en la habitación. Pero la llama está menos inquieta que él.

Ha llegado desde Mendoza junto con Juan Agustín Maza, luego de una particular elección por parte del Cabildo mendocino para representar a la provincia en el Congreso. Trae consigo un mandato preciso, compartido por muchos de sus colegas: declarar la independencia. Detrás de esa instrucción no solo está la voluntad de Mendoza. También está la urgencia de José de San Martín.

El gobernador intendente de Cuyo necesita que el Congreso dé el paso político indispensable para poner en marcha el plan continental. Sin una declaración formal de independencia, el Ejército de los Andes seguiría combatiendo en nombre de un rey al que, en los hechos, ya había dejado de obedecer.

La impaciencia de San Martín quedó plasmada en una carta memorable dirigida al propio Godoy Cruz:

"¿Hasta cuándo esperamos nuestra independencia?... Los enemigos, y con mucha razón, nos tratan de insurgentes... Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas."

No era una exageración. En Europa el escenario había cambiado por completo. Napoleón había caído y las grandes monarquías trabajaban para restaurar el viejo orden, un proceso que había comenzado años atrás cuando Carlos IV abdicó a favor de Fernando VII. El monarca español había recuperado el trono y soñaba con restablecer la autoridad de la Corona sobre sus dominios americanos. El tiempo, lejos de jugar a favor de los revolucionarios rioplatenses, comenzaba a correr en contra.

Tampoco el panorama interno ofrecía demasiados motivos para el optimismo. Las Provincias Unidas distaban de ser un bloque compacto. En medio de complejas divisiones e intereses contrapuestos, los diputados de los Pueblos Libres, alineados con Artigas, no participaban del Congreso; persistían profundas diferencias entre las provincias y el debate sobre la futura forma de gobierno amenazaba con postergar, una vez más, la decisión más urgente.

Quizá todo eso rondaba la cabeza de Godoy Cruz mientras intentaba dormir. No hay ninguna certeza al respecto. Pero cuesta imaginar que pudiera abstraerse del momento extraordinario que le tocaba vivir.

A la mañana siguiente, el Congreso volvió a reunirse. Antes de discutir si el nuevo Estado sería una república o una monarquía constitucional -incluso llegó a considerarse la polémica propuesta de Manuel Belgrano de coronar a un descendiente de la casa Inca-, Godoy Cruz insistió en que nada debía retrasar el objetivo esencial: declarar la independencia. La discusión sobre la forma de gobierno podía esperar, no así la independencia.

Pasadas las dos de la tarde del martes 9 de julio, el secretario Juan José Paso pidió que los diputados expresaran su voluntad. Entonces levantaron la mano.

Los diputados sabían perfectamente que intentaban fundar una nación. Lo que ignoraban era si esa nación lograría sobrevivir. Nosotros conocemos el desenlace, pero los diputados que se jugaron esa tarde, no.

Esa es la enorme ventaja -y también la enorme trampa- con la que solemos leer la historia. La ventaja consiste en saber que aquella decisión terminó siendo el acta de nacimiento de un país. La trampa consiste en creer que ese resultado era inevitable.

Los congresales deliberaban en un escenario de extrema fragilidad. Negociaban intereses provinciales, desconfiaban del centralismo porteño, discutían la futura organización del Estado y sabían que España no había renunciado a recuperar sus dominios. Nada garantizaba que aquella declaración pudiera sostenerse en el tiempo.

Por eso la independencia no fue el gesto solemne de un Estado consolidado; fue, antes que nada, una apuesta y, sobre todo, un extraordinario acto de imaginación.

Aquellos hombres tuvieron que declarar la existencia de un país que todavía no existía plenamente. No había una identidad nacional consolidada, ni instituciones maduras, ni fronteras definitivamente establecidas. Primero hubo que imaginar una comunidad política; después vendrían décadas de guerras, acuerdos y desencuentros para darle forma.

Toda transformación importante comienza de esa manera: primero alguien, o algunos, se atreven a declarar la existencia de una cosa, después llega el tiempo -a veces generoso, otras cruel- de comprobar si esa declaración logra convertirse en realidad.

Quizá por eso convenga abandonar, aunque sea por un momento, el cómodo "diario del lunes". La historia rara vez ofrece a sus protagonistas la tranquilidad que concede a quienes la leen dos siglos más tarde. El gran mérito de aquellos diputados radica en asumir la responsabilidad de decidir cuando el futuro todavía era una incógnita, porque no podían profetizar sobre el futuro.

Días después de la declaración, aquel joven abogado de salud frágil y rigurosa conciencia del deber -cuya vida siempre merece ser recordada en su dimensión más humana- desempeñaría otro papel decisivo. Según afirma la historiadora Fabiana Mastrángelo, Godoy Cruz fue el eslabón clave que facilitó el estratégico encuentro entre San Martín y Juan Martín de Pueyrredón. El Libertador necesitaba ambas cosas: el respaldo político del Director Supremo y la legitimidad que acababa de otorgarle el Congreso. Recién entonces el plan continental pudo apoyarse sobre bases políticas firmes.

Aquella mano que se levantó en Tucumán no ganó una batalla, pero con su manifestación por la afirmativa, asumió un riesgo. Y no estuvo solo en esa patriada, hubo 28 colegas más que lo hicieron junto a él.

Es probable que Tomás Godoy Cruz durmiera poco aquella noche del 8 de julio. O quizá no haya dormido nada. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que, al amanecer, salió de esa habitación sin ninguna garantía de éxito. No podía imaginar que doscientos diez años después seguiríamos pronunciando su nombre, ni que aquella votación terminaría convirtiéndose en uno de los momentos fundacionales de la Argentina.

Imagen de la histórica Casa de Tucumán tomada en 1869.

La historia suele recordar las decisiones cuando ya conoce el desenlace. El coraje, en cambio, consiste en tomarlas cuando el desenlace todavía no existe.

Historiador y actor mendocino

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