El atentado contra el entonces presidente argentino conmovió al país. El autor detalla cada acto del suceso y con la misma precisión narra la historia del indulto para el magnicida frustrado.
El peñazcazo en la testa de Roca y el día del perdón
Los sones de la marcha militar "Ituzaingó" que provienen de la calle, resuenan en la Sala de Sesiones del viejo Congreso de la Nación, entonces situado en la calle Balcarce 139 de Buenos Aires. Afuera de la Sala ya hay movimientos marciales y apresurados.
Es la señal que los diputados y senadores esperan. La marcial cadencia indica que el Presidente de la Nación, el Teniente General Julio Argentino Roca, luego de haber terminado de almorzar, ha salido de la Casa Rosada y se dirige a pie al Congreso a leer su discurso de apertura de sesiones ordinarias. Son las tres de la tarde del lunes 10 de mayo de 1886, el último año de su primera presidencia.
Marcha al compás de los sones el General Roca junto a sus ministros. El coronel Donovan está a cargo de las tropas que rinden honores al Presidente de la República. Éste se detiene ante la bandera nacional de guerra; se cuadra y hace la venia con energía. El público apiñado en las veredas y azoteas de ese Buenos Aires que ha dejado de ser una "gran aldea" para ser la París de Sudamérica, se vuelca para curiosear, algunos aplauden.
El ambiente no es de euforia y se sabe que el Presidente no ha ahorrado acciones para ganarse odios importantes e intensos en distintos sectores de la población, con sus conjunto de leyes que habrán de cambiar para siempre la educación y una quita de poder importante a la Iglesia Católica, que no ha cesado de bramar contra el Zorro tucumano.
Hechas estas formalidades, Roca vuelve sobre sus pasos y se dirige con resolución al Congreso. En ese preciso momento, sin que nadie lo vea y detenga, un hombre moreno, muy alto, corpulento, vestido de azul, salta de entre la multitud y corre en dirección a la comitiva presidencial; el movimiento es tan rápido y los militares están tan ocupados en rendir honores, que nadie advierte su presencia hasta que el hombre se halla a centímetros de Roca. El hombre tiene nombre y apellido, se llama Ignacio Monjes y es oriundo de Goya, Corrientes. Esa tarde será protagonista absoluto del drama que se desencadenará en segundos.
Cuando está frente a frente con el Presidente, el desconocido alza su brazo derecho y descarga un golpe feroz sobre la frente de Roca, que trastabilla confundido y dolorido. Eduardo Wilde, ministro de instrucción pública, que se halla atrás de él, lo sostiene e impide que caiga redondo al piso.
La piedra utilizada por Monjes como arma contra Roca.
El arma que blande el atacante es un ladrillo de tamaño importante, que ha hecho estrellar contra Roca inmediatamente arriba de su ojo izquierdo. En un instante Roca siente que se le nubla la vista. El uniforme y la banda presidencial se manchan con su sangre que mana profusamente de la herida.
Carlos Pellegrini, ministro de guerra y marina, tan corpulento como el atacante, salta sobre Ignacio Monjes y con sus brazos lo inmoviliza mientras grita que alguien ayude al Presidente. Donovan desenvaina el sable tardíamente, pero ya la situación está controlada. Un puñado de soldados y policías ya tiene esposado y detenido al agresor. Roca, mientras tanto, es llevado a la Secretaría de la Cámara de Diputados para ser asistido por Wilde que es médico, quien, junto con el ministro de Hacienda, Wenceslao Pacheco, le realizan las primeras curaciones, que consisten en lavarle el tajo producido por el golpe, con agua que toman de una palangana. Wilde le realiza una sutura y le coloca una vincha hecha de gasa y algodón que le cruza la frente. Es una herida importante: tiene siete centímetros de largo y ha llegado al hueso.
Grande es la sorpresa de la Asamblea Legislativa cuando ve entrar al Presidente con una venda sobre la frente, la banda y el uniforme manchados de sangre. Tembloroso, saca de un maletín las hojas de su discurso. Antes de comenzar a leerlo dice: "Hace unos instantes, alguien, sin duda un loco, ha tratado de matarme no sé con qué arma...", pide las disculpas por la turbación que lo domina, tras lo cual, luego del aplauso cerrado de los diputados y senadores, comienza la lectura de su mensaje formal.
Ignacio Monjes será juzgado por su intento de asesinato. Dirá que lo hizo para salvar a la Patria de otro tirano más. Cuando se le realizan las pericias psiquiátricas, se detecta que padece de epilepsia. Es un hombre sufrido, ex propietario de una pequeña estancia en Goya que ha perdido o malvendido, ante la insinuante crisis económica que ya deja asomar sus duras aristas. La tesis de la defensa se centra en demostrar que Monjes actúo así dominado por un ataque epiléptico que anuló sus capacidades mentales al momento de intentar el magnicidio. Sin embargo, es condenado a diez años de reclusión.
Hasta aquí llegan los hechos documentados. Con los años llegó una versión que aseveraba que Monjes en realidad fue condenado a veinte años, y que fue el mismo Roca quien lo indultó al cumplir la mitad de la pena, durante su segunda presidencia. Los documentos judiciales cuentan otra historia. Monjes fue condenado a diez años de reclusión y recuperó la libertad en 1896 por un indulto firmado por el presidente José Evaristo Uriburu, a instancias de Roca, que seguía siendo el hombre fuerte de la política argentina. La extendida versión de una condena a veinte años y de un perdón concedido personalmente por el propio Roca carece de sustento documental.
Ahora bien, entrando en el campo de la leyenda, se cuenta que Roca citó a Monjes a su despacho para entregarle personalmente el decreto con su indulto. El hombre, temeroso, no atinaba a pasar. Entonces Roca le dijo: "Venga amigo, pase. No tenga miedo. Le entrego este indulto en la mano y un trabajo, para que sepa que no hay rencor. A fin de cuentas, usted tuvo la valentía de atacarme de frente, como un hombre, a diferencia de tantos traidores que me rodean que, seguramente, me darán un tiro por la espalda..." (Fuente: "Anecdotario Histórico Militar" de Juan Román Sylveira).




