Un estudio internacional revisa cómo influye la relación entre esfuerzo, recompensa y toma de decisiones en personas de distintas edades.
¿Realmente somos perezosos? Esto es lo que dice la ciencia
Durante años, la psicología y la neurociencia sostuvieron una idea bastante instalada: los seres humanos tendemos a elegir siempre el menor esfuerzo posible porque esforzarse sería, en esencia, algo desagradable.
Pero una nueva investigación internacional pone en duda esa mirada. El estudio plantea que no evitamos la acción en sí, sino el gasto de energía cuando no vemos una recompensa clara.
El trabajo fue publicado en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews y propone un cambio de enfoque: más que "evitar el esfuerzo", las personas evitarían el esfuerzo que perciben como inútil. En esa línea, investigadores de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) participaron del análisis crítico de la literatura científica.
Dicho de otro modo: no es lo mismo decir que alguien "no quiere esforzarse" que entender que "no le encuentra sentido a hacerlo".
El famoso "mínimo esfuerzo", pero con matices
La investigación revisa lo que se conoce como el "principio del mínimo esfuerzo", observado tanto en animales como en humanos. En términos simples, este principio indica que, si hay dos caminos para lograr el mismo resultado, los organismos suelen elegir el más económico en términos de energía.
Ahora bien, los científicos encontraron que esta tendencia aparece sobre todo cuando las recompensas son iguales.
Ejemplo simple: si dos opciones ofrecen lo mismo, lo lógico es elegir la que cuesta menos. Nadie elegiría caminar diez cuadras si puede comprar el mismo producto a la vuelta y al mismo precio. No es pereza, es eficiencia.
Desde la UNQ remarcan justamente eso: no se trata de vagancia, sino de una lógica básica de administración de recursos.
Esfuerzo sí, pero con sentido
El estudio propone una idea clave: el esfuerzo no funciona como un castigo, sino como un costo que se evalúa.
Cuando ese costo "vale la pena", las personas no solo se esfuerzan, sino que pueden hacerlo con motivación e incluso con placer.
Esto ayuda a entender algo cotidiano: si el esfuerzo fuera siempre desagradable, sería difícil explicar por qué millones de personas corren maratones, estudian carreras largas, aprenden instrumentos, escalan montañas o dedican horas a actividades complejas como el ajedrez.
Nadie hace eso porque sea fácil. Lo hace porque encuentra un sentido en el resultado.
Qué pasa desde chicos: el esfuerzo no se evita
Otra de las conclusiones del trabajo apunta a la infancia. Si el rechazo al esfuerzo fuera algo "natural", debería observarse desde muy temprano. Pero la evidencia muestra lo contrario.
Bebés y niños pequeños no evitan el esfuerzo de manera espontánea. De hecho, exploran, insisten y prueban una y otra vez.
Un ejemplo citado en el estudio lo deja claro: bebés de 10 meses, luego de ver a un adulto perseverar en una tarea difícil, aumentaron sus propios intentos para resolver problemas similares.
Más adelante, cerca de los seis años, otros estudios muestran que los chicos incluso disfrutan más cuando logran algo difícil que cuando la tarea es simple. La dificultad, en muchos casos, potencia la satisfacción.
La conclusión es que no nacemos "evitadores del esfuerzo", sino que aprendemos a optimizarlo: dejamos de insistir cuando entendemos que algo no lleva a ningún lado o no compensa lo que cuesta.
Y en la vida adulta, el patrón se repite
En los adultos ocurre algo similar. No siempre se elige la pasividad. De hecho, muchos estudios muestran que las personas prefieren participar activamente antes que quedarse sin hacer nada, y que la actividad puede generar más bienestar que la inacción.
El problema no es moverse, pensar o insistir. El problema aparece cuando eso no tiene sentido.
Ahí es donde surge la aparente contradicción: si la biología empuja al ahorro de energía, ¿por qué tanta gente elige actividades exigentes?
Para los investigadores, la respuesta está en cambiar la mirada: el esfuerzo no es el enemigo, sino una inversión que puede o no compensar.
El verdadero punto: el sentido
En ámbitos como la escuela, el trabajo o incluso la salud, el desafío no sería solamente simplificar las tareas, sino también hacer visible su sentido.
Una actividad puede volverse insoportable si parece inútil. Pero puede transformarse en algo llevadero -e incluso estimulante- si se percibe como valiosa o con un objetivo claro.
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El estudio también distingue algo importante: una cosa es desmotivarse por falta de sentido, y otra muy distinta es la aversión al esfuerzo asociada a ciertos cuadros clínicos específicos.
A modo de conclusión, más que una tendencia a la pereza, lo que describe esta investigación es otra lógica: las personas hacen una especie de cálculo constante.
Esto quiere decir que analizan constantemente cuánto cuesta, qué devuelve y para qué sirve. Y en base a eso, deciden si vale la pena esforzarse... o no.
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