Hay imágenes que duran apenas unos segundos, pero quedan para siempre. La de Franco Colapinto recorriendo el circuito de Madrid con la bandera argentina flameando desde su Alpine fue una de ellas. Y detrás de ese momento que emocionó a miles de argentinos hay un mendocino que, casi sin proponérselo, terminó siendo protagonista de una de las postales más conmovedoras del Gran Premio de España.
Su nombre es Gabriel Andrijciw, tiene 56 años, nació en Mendoza y hace 26 años vive en España. Es comisario deportivo y fue quien esperó a un costado de la pista para entregarle la celeste y blanca a Colapinto después de que el piloto argentino terminara séptimo en una de sus mejores actuaciones de la temporada. "Yo siempre llevo a los circuitos una bandera. No estaba destinada a Franco en concreto. Estaba destinada a cualquier argentino que tuviera en pista para poder darle una pequeña muestra de cariño", contó Gabriel en diálogo con el programa A pesar de las llamas, por Radio Post.
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Su expectativa era modesta. Quería que el piloto la viera, levantara una mano y lo saludara. "Yo quería mostrarle la bandera, que viera que había alguien de la tierra apoyándolo y que él sacara la manita, me saludara y feliz. Pero el pibe este es genial", relató entre risas.
Cuando Colapinto comenzó a disminuir la velocidad y se acercó, la emoción fue inmediata. "Vos ves que él se va deteniendo y te empiezan a temblar las patitas. Empezás a bailar en el lugar de alegría que te da que él agarre la bandera", contó el mendocino, todavía sorprendido por la repercusión que tuvo aquel instante.
Andrijciw nació en Mendoza y siempre vivió en Guaymallén. Pasó por distintos sectores del departamento, entre ellos el barrio Unimev y San José, pero sus raíces están allí.
Hace 26 años se fue a España. Lo hizo en el año 2000, antes de la crisis que atravesaría la Argentina al año siguiente.
La felicidad del banderillero por haberle dado la bandera a Colapinto %uD83E%uDD79
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"También para los mismos problemas, problemas económicos, tenía tres trabajos", recordó. Tenía además un hermano que ya estaba viviendo en España y que durante un tiempo insistió para que se fuera. Finalmente tomó la decisión.
Hoy lleva más de la mitad de su vida en España. "Estoy a cuatro años de haber vivido al mismo tiempo allí que aquí", explicó durante la entrevista. Sin embargo, hay algo que todavía mantiene pendiente: volver a Mendoza.
En estos 26 años no pudo regresar ni una sola vez. Su padre y buena parte de su familia todavía están en la provincia. Su padre incluso pudo viajar a España una vez, pero hace muchos años. "Tengo mucha familia allí, incluso mi padre", contó. Y explicó que entre el trabajo, el dinero y las dificultades de la vida cotidiana, el regreso se fue postergando año tras año. "Siempre soñando que el año que viene, el año que viene, y así llevamos 26", dijo.
La bandera que terminó en las manos de Colapinto
Para Gabriel, estar en un circuito de Fórmula 1 no es su profesión. Trabaja en una empresa de logística y la actividad automovilística es un hobby y, fundamentalmente, una pasión.
Ser comisario deportivo es un voluntariado. En algunos circuitos recibe apenas lo necesario para cubrir gastos básicos, pero no es una actividad de la que pueda vivir.
Lo que lo lleva allí es otra cosa. "Se vive por estar en la mejor entrada del circuito, que es a metros de un coche, con mucho olor a nafta, mucho olor a freno, embragues y mucho ruido", explicó.
Y agregó una definición que sintetiza su vínculo con el automovilismo: "Una pasión, una pasión. Como cualquier argentino". Para Gabriel, hay cuatro elementos que forman parte de la identidad argentina: "El mate, la carne, el automovilismo y el fútbol".
Por eso, aquella bandera no era simplemente un objeto que llevaba a una carrera. Era también una manera de mantener presente su país después de más de dos décadas viviendo lejos. "Con lo gordo grande que soy, todo de naranja...". El momento con Colapinto también tuvo una cuota de estrategia.
Gabriel tenía dos posibilidades para ubicarse durante la vuelta de honor. Decidió quedarse en el sector donde finalmente consiguió que el piloto lo viera.
"Con lo gordo grande que soy, todo de naranja, con la bandera, saltando, haciendo el ridículo. Algo le tenía que llamar la atención, tenía que competir con la tribuna que me mirara", contó entre carcajadas. Y funcionó.
Colapinto lo vio desde el Alpine, frenó y acomodó el auto para recibir la bandera. "Él me vio nada más que ahí, a un metro o menos", explicó Gabriel. La reacción del piloto argentino fue una muestra más de una característica que el comisario mendocino destacó especialmente: su cercanía con la gente.
"Aparte del gran deportista de élite que es, yo creo que es la persona lo que nos atrae a todos", sostuvo. Y planteó una diferencia que, para él, explica buena parte del cariño que genera Colapinto: "Una persona de su nivel, que se acerque a una persona de mi nivel, y así, con cariño, espontáneo, todo. ¿Cómo no lo va a querer?".
Una bandera con "la mejor vida que pudo haber tenido"
Después de la carrera, Gabriel no supo qué pasó con la bandera. La última imagen que vio fue la de Colapinto llevándola sobre el Alpine. Incluso se convirtió en la foto de perfil de su WhatsApp.
No sabe si la bandera quedó en el equipo, si fue guardada o si terminó descartada. Pero tampoco le importa demasiado. "Supongo que la tirarán, pero da igual. Esa bandera ha muerto con honores y ha pasado coronel póstumamente, porque es la mejor vida que pudo haber tenido", bromeó.
Mientras tanto, la vida de Gabriel cambió por completo durante unas horas. Sus hijas, a quienes definió como sus "community managers", prácticamente lo obligaron a abrir una cuenta de Instagram para poder responder a la enorme cantidad de mensajes que recibió.
El mendocino contó que apenas había dormido dos horas: se acostó cerca de las 4.40 de la madrugada y al día siguiente continuó atendiendo entrevistas prácticamente sin pausa.
Lo que había comenzado como un simple gesto de un argentino hacia otro argentino terminó convirtiéndolo en protagonista.
Y quizás ahí esté lo más emocionante de la historia: Gabriel no viajó a España para convertirse en noticia. Hace 26 años que vive lejos de Mendoza, trabaja en logística y sigue los motores por pasión. Llevó una bandera a un circuito, como tantas otras veces, esperando apenas un saludo. Pero esta vez, el argentino que pasó frente a él no solamente la vio. Frenó, la tomó y recorrió el circuito con la celeste y blanca en alto.
Y detrás de aquella imagen que emocionó a miles estaba un mendocino de Guaymallén que todavía tiene un sueño pendiente: volver a pisar la tierra donde nació. Después de 26 años, quizás ahora tenga una nueva anécdota para contar cuando finalmente regrese a Mendoza. Porque aquella bandera que Gabriel llevó a España terminó haciendo algo que él tampoco podía imaginar: llevar un pedacito de Mendoza hasta la Fórmula 1.
El Lobo pelea por mantenerse entre los clasificados a los playoffs del Clausura y acercarse a los puestos de copas internacionales en la tabla anual, mientras que Independiente Rivadavia se sostiene entre los protagonistas de su zona y continúa liderando la tabla acumulada del año.